Hasta hace unos años existía cierto debate y ciertas dudas sobre el origen islámico de la ciudad de Murcia, sin embargo, hoy en día, parece bastante claro que en el s. IX se fundó una nueva ciudad bajo el signo de la media luna. En ocasiones se dudó de las crónicas árabes que relatan la fundación, allá por 825 y a manos de Abderramán II, de la nueva ciudad de Medina Mursiya, pero la arqueología ha resultado clara respecto a éste punto: no hay arqueología concluyente de periodos anteriores y sí se han encontrado restos fundamentales que revelan el cambio de tamaño y de estatus a partir del s. IX. 

Siempre se buscó (y se siguen buscando) los orígenes romanos de la ciudad, que se relacionan con Murcia desde mucho tiempo atrás debido a dos factores: una planta llamada mirto y el culto romano a la diosa Venus. Hubo un historiador local que teorizó sobre un posible origen romano de la ciudad relacionándolo con el culto romano a Venus, que tenía la planta del mirto como símbolo fundamental, y en Murcia había mucho mirto. Se consideró que el nombre tenía relación con el culto romano y la abundancia de mirto, pero no se pudo demostrar con datos concluyentes. Otro historiador investigó todos los municipios españoles con el nombre de Murcia y llegó a la conclusión que estaban relacionados con dos factore ambientales: entornos húmedos y abundancia de mirto, la planta de Venus.

Era fácil que hasta hace bien poco confundiéramos moros, árabes y musulmanes, los mezcláramos con los habitantes peninsulares, los visigodos, Tariq, Muza y Tudmir, y tuviéramos un cacao mental sobre qué ocurrió y cómo sucedió aquello de las conquistas musulmanas. O árabes. O de los moros. O de lo que sea. Era difícil encontrar interpretaciones equidistantes sobre las dos grandes religiones, y era difícil abstraerse de las identidades nacionales que prescribían lo andalusí y ensalzaban el mito de la reconquista. Quizás la bruma histórica sobre la “conquista” nos hace perder de vista el verdadero foco de interés: el avance del Islam en el mundo y sus verdaderos motivos por encima de batallitas y jinetes árabes. No es el tema, pero sí tiene una tremenda relación con los relatos que hemos asumido en España.

Cuando comenzó el tiempo islámico se revitalizaron algunas ciudades, otras se trasladaron, y se organizó administrativamente el sur de España. Los años de Abderramán II son los intermedios entre el 711 y los años de esplendor de Córdoba, es decir, estamos entre el mito y el verdadero nacimiento, y en ese pequeño espacio es difícil hacer conjeturas. ¿Qué sabemos? A ciencia cierta, lo que demuestra la arqueología, nada más, o nada menos. En Murcia se han encontrado los restos de la muralla, bastante grande y con importantes torres, también la red de acequias y los sistemas de canalización agrícola, y uno de los espacios más especiales de la ciudad, el subsuelo de la Iglesia de San Juan de Dios, con una especie de capilla musulmana y restos de tumbas musulmanas. En el contexto español sucede algo parecido: Alicante se refunda y comienza el tiempo islámico de la ciudad, igual que en Valencia, Granada, Madrid o Córdoba. Con el impulso musulmán se reordenó el territorio y algunas de nuestras capitales alcanzaron el estatus que hoy conocemos. Hacia el 825 se estaban dando los pasos para un estado feudal llamado Al-Ándalus, Abderramán II fue uno de los forjadores de aquel estado, y relacionó la ciudad de Murcia con el movimiento cultural y político que iba a dominar la península los siguientes tres siglos. Haciendo de la ciudad la nueva capital de la región y engrandeciéndola con construcciones claves para su defensa y abastecimiento.

Ha costado normalizar la historia musulmana de España, quizás hay personas que no quieren comprender Al-Ándalus en el contexto peninsular, o no quieren dejar de ver el Islam como un monstruo que surgió en las arenas árabes y que no guardaba relación con la cultura cristiana del momento. Respecto a la fundación de Murcia, resulta significativo cómo se han buscado interpretaciones de lo más variadas cuando todas las evidencias apuntaban en una dirección, la andalusí de Abderramán II. Esto no significa árabes ni moros, es algo más complejo, pero nos relaciona con un momento sumamente interesante y asombroso, un momento decisivo en la historia de España: los orígenes del estado andalusí y la vertebración de las principales áreas y ciudades actuales. Fue la sociedad más avanzada de su tiempo, el Al-Ándalus de médicos, filósofos, geógrafos, traductores, artesanos, poetas, califas, castillos, y cortes palaciegas. Su alma nos acompaña desde entonces, pero en ocasiones nos seguimos negando a aceptar que éramos nosotros mismos los que hicimos nuestra historia, cuestión de falsas identidades o quizás el pesado vicio de repintar los escudos cuando los tiempos políticos cambiaban.

Enrique Mateo LLopis. Guía oficial de turismo con licencia nº 1.232 de la CV y profesor de historia en la Universidad CEU Cardenal Herrera de Valencia.